CHINO PARA PRINCIPIANTES / Cuento

CHINO PARA PRINCIPIANTES / Cuento

Foto / Pixabay

A Leonora, las amigas que no la envidiaban la detestaban. Todos sus caprichos se habían ido cumpliendo a pedir de boca. Y sin embargo parecía tan inconforme. Leonora había dejado de sonreír hacía tiempos. Y su marido José Manuel había cifrado todo su orgullo en hacerla sonreír de nuevo. Rico y distinguido, sólo por complacerla, había aceptado un consulado en Hong Kong.

    Al principio ella se quejó de la ausencia de hijos. Si era la incapacidad de él o la imposibilidad de ella, ninguno parecía dispuesto a abordar el tema. En realidad deseaba ser madre para no quedarse atrás de las amigas y de paso desvanecer los rumores que hacían dudar de la hombría de su marido. Pero cuando José Manuel fue enviado como diplomático a Hong Kong su esposa ya no quería embromarse con bebés. Quería disfrutar del fuero diplomático sin inconvenientes de pañales. Ahora quería viajar y viajar. Para el aniversario de luna de miel, ella le hizo jurar que viajarían a la China.

    En aras de ese nuevo capricho él estaba dispuesto a mostrarle otros mundos; no por el banal prurito de viajar, sino para revelarle que más allá del estrecho ambiente en que había crecido, había otras formas de vivir, ideas diferentes, culturas varias veces milenarias como la china, tan malentendida como calumniada por la arrogante ignorancia de Occidente. Pero a su mujer no le importaba sino la envidiosa admiración de las amigas cuando les mostrara las compras.

    Emprendieron viaje desde Hong Kong al final de un otoño de colores de embrujo con rezagos de verano tardío. A pesar de que en su trabajo podía arreglárselas con el inglés, José Manuel se había propuesto aprender el idioma chino. Él no se arredraba ante ningún obstáculo. Ni siquiera cuando constató que la cadencia y los diversos tonos en el hablar hacían del idioma chino un esforzado ejercicio de musicalidad. Para su mujer, en cambio, esa escritura no le parecía sino un jeroglífico de patas de mosca. Y así se lo decía al pobre José Manuel que lamentaba la incapacidad de su mujer para ponerse a tono con las circunstancias. Su falta de tacto ya lo había hecho abochornar más de una vez ante los colegas de trabajo. Trataba de hacerle ver que no sólo era una caligrafía primorosa sino un arte exigente.

    —No sabría cómo explicártelo —le decía mientras se esforzaba en garrapatear algunos caracteres— pero nominar cada persona, cada cosa, implica un ideograma, una abstracción dibujada, una pintura en miniatura con sus líneas, espacios, planos y curvas dentro de un marco de referencias y significaciones propias que la relacionan con el resto de los seres.

    Pero la inconforme Leonora no escuchaba, no estaba feliz. Había logrado sustituir la carencia de hijos por el afecto hacia los perros finos. Y en eso había un acuerdo tácito. Él tampoco quería hijos: la realización del hombre ha de cifrarse en algo más, decía y le hacía ver los efectos de la superpoblación en el oriente asiático que aupaba la puja de los arriendos.

    Lo que ella quería era un perro que de verdad le gustara. Y él estaba dispuesto a complacerla: en Beijing visitaron una exposición que le reveló a Leo una variedad y una rareza de razas y pelambres caninas que ni soñadas. La visita al Centro Internacional de Mascotas de Songzhuang, un suburbio de Beijing, la dejó deslumbrada. Los canes llegaban en cómodos y extravagantes coches para bebé. Era un Club para perros, donde éstos podían pasar vacaciones a pierna suelta, matricularse en diversos cursos de adiestramiento o participar en concursos de belleza. En la barbería había surtido de cortes de pelo de variados estilos: simétrico, asimétrico, ondulado, iluminado, cabeza redonda o de pera; y más sofisticados, como el tortuga Ninja o el panda para perros blancos, resultado de sumergirle orejas y patas en tintura negra. Por el calor, en verano era muy solicitado el corte de león: cabeza salvaje, pelo corto y densa cola de león. Para rayas de tigre, el pastor alemán quedaba que ni pintado.

    En el spa Leo se extasió admirando una mascota que lucía uñas pintadas y bostezaba adormilada: a la pobre la habían sometido a dos horas de acicalamiento para un concurso de belleza. Allí las mascotas recibían manicura, pedicura, masaje de patas y acupresión, tratamientos con sal marina para adelgazar y con lavanda para el desgano. En el solárium podían despatarrarse mientras sus amos iban a trabajar.

    —El agua y la temperatura —les explicó la masajista mientras acariciaba el estómago de un perro— han de ser como las del útero, para que se sienta bien. No tengo un bebé todavía pero puedo practicar con él. Un perro es como un bebé que no habla— Y agregó que sólo el servicio de psicoterapia había dejado de ofrecerse por falta de demanda, pues ninguno de los clientes se veía aquejado por trastorno o ansiedad alguna.

    El día del aniversario de bodas los sorprendió en la ciudad de Wuhan, a orillas del Yangtzé. Fue allí donde Leonora encontró, por fin, el perro de sus sueños, un ejemplar de una variedad muy rara. El pelaje color fuego tenía la suavidad de la seda y despedía un tenue aroma que la embrujaba. Además, lo habían enseñado a no ladrar.

    —Ese color fuego… ¡Parece una llama! —dijo su esposo, e insinuó un nombre: Bola de fuego.

    —No, no me gusta. Demasiado largo —replicó ella— mejor Fifí, como el perrito de pelusa que tenía cuando niña —dijo, entornando los ojos mientras hundía la nariz en la frondosa piel del animal.

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    Leonora  esbozó  por primera vez en mucho tiempo una sonrisa. José Manuel sabía que la saciedad de un deseo despertaba  en su mujer  la impostergable ansiedad de otro capricho más imperioso. Pero no importaba. Verla sonriente era una dicha. Ahora ella deseaba comer. Comer algo delicioso, algo nunca probado, a tono con el aniversario. Y se dirigieron a un restaurante. En el vestíbulo, una cerámica con barniz blanco irisado representaba un perro de esmerado realismo.

    —En asuntos de comida los chinos son expertos —le aseguró José Manuel —¡lo cotidiano suelen tejerlo con tan variados y sabios hábitos de vida!, se diría que han conquistado una secreta sabiduría de vivir.

    Caprichosa y perpleja ante una carta colmada de grafismos ininteligibles, Leonora cerró los ojos y posó el dedo índice al azar.

    —Quiero una sorpresa —dijo, adelantándose a su esposo que, por complacerla, aceptó sin mirar lo que ella había señalado. El camarero tomó nota y sonrió complacido. Leonora, a falta de palabras esbozó una segunda sonrisa; y haciendo uso de la mímica, llamó la atención del camarero, señalando con una mano a Fifí, mientras con la otra hizo el ademán de llevarse algo a la boca y agregó:

    —Agua, por favor; el perro tiene sed. Water, please.

    El camarero pareció darse por entendido y, con complaciente sonrisa, tomó el perro entre sus brazos, lo mimó con caricias y le ofreció una golosina que Fifí se tragó con evidente gusto. Encantada de poder confiarle su mimada mascota, Leonora aceptó a cambio una aromática taza de té. Y con Fifí  sobre el hombro,  el camarero desapareció por una puerta del fondo.

    —No los entiendo pero me fascinan los chinos —dijo ella y aprobó él, orgulloso de ver que su ponderación de la cortesía china resultaba cierta.

    Mientras probaban el té admiraron la deslumbrante porcelana, el decorado de la mesa, los arreglos florales, las pinturas de paisajes que pendían de la pared. La gente que entraba, notó ella asombrada, invariablemente llevaba una mascota.

    —Es el único restaurante en el mundo a donde se permite entrar con perros. Y además te lo cuidan —dijo, fascinada, mientras alargaba brazos y piernas en dirección al brasero.

    José Manuel aprovechó la espera para ilustrar a su mujer sobre los descubrimientos que poco a poco hacía de la escritura china. Con paciente actitud didáctica le explicó:

    —El uso del ideograma, que contiene a la vez lo simbolizado y su símbolo, desarrolla en el calígrafo chino un hábito de observación y descripción muy intenso. Por ese camino descubren los chinos la fragilidad de los estados del ser. Tomemos la palabra correr, por ejemplo —continuó José Manuel, mientras trazaba unos rasgos sobre la servilleta— en chino, este concepto resulta toda una configuración de piernas que saltan, pies que pisan, un cuerpo pesado arrastrado por la compulsión de los miembros, una voluntad que dirige la acción del conjunto.

    Escribió algo más y dijo:

    —La palabra mundo es una representación de movimiento y pausa, de reflexión, de conocimiento, y de acción. Leonora, amor mío, trata de imaginarte un poema en chino. Leerlo tiene que ser, al mismo tiempo, una contemplación.

    Pero para ella tales consideraciones no tenían sentido. El esposo desvió, entonces,  la atención hacia el decorado del establecimiento.

    —Nada como la pintura sobre seda y la porcelana Song —dijo, explayándose en comentarios sobre primorosos detalles, mientras bebían el té y comían una entrada exquisita. El camarero lo interrumpió con el plato sorpresa. Resultó ser una carne exquisita, aderezada con especias y condimentos de refinado gusto.

    —Todo un acierto —dijo José Manuel cuando terminó con el plato, para encomiar el capricho de su mujer; y ordenó un postre y otra taza de té.

    —Mejor imposible. De sobremesa, cuéntame algo —le pidió su mujer, acogiéndose mimosa a los brazos de su marido.

    —Hace unos dos mil ochocientos años —comenzó él— reinaba en estas tierras la dinastía Chou en la cabeza del decadente rey Yu que contribuyó a la destrucción de su reino por complacer todos los caprichos de su bella como malhumorada concubina. El rey se había propuesto hacerla feliz a cualquier precio. Después de agotar muchos recursos, Yu halló la manera de hacerla reír: mandó encender el fuego que desde una colina avisaba a la ciudad del inminente ataque de los bárbaros del norte. Al ver el fuego todos sus vasallos galoparon presurosos y desenvainando las espadas se prepararon para defender el palacio real. Pero al no encontrar enemigo alguno para desahogar su valerosa y leal furia, le parecieron a la concubina tan ridículos que ésta rio, por fin, complacida. Días después, cuando los invasores atacaron y el fuego de advertencia fue encendido, nadie acudió a la defensa y la ciudad fue destruida.

    Leonora sonrió y José Manuel se sintió complacido.

    —¿Cómo te parece una caminata bajo las estrellas, para facilitar la digestión y  pasear a Fifí? —propuso él.  

    Pidió la cuenta, pagó y dio una generosa propina.  Con una sonrisa que le eclipsaba los ojos, el camarero se inclinó obsequioso.

    Salieron al vestíbulo y, señalando sonrientes la cerámica con barniz blanco irisado que representaba un perro, le dieron a entender al camarero que les devolviera su mascota. Este creyó entender, desapareció, volvió de inmediato y les entregó una bolsa, disculpándose por el olvido con ceremoniosas inclinaciones.

    Leonora interrogó a su esposo con la mirada y éste preguntó al camarero por el perro. Aunque se hizo repetir, dudó tanto de haber entendido que le rogó al chino le diera la respuesta por escrito. La leyó y entonces comprendió. No había dudas. Después de dos semanas de viaje podía sentirse satisfecho de sus adelantos en chino. La verdad era dura de digerir pero la había entendido a cabalidad. Con una mano sobre el vientre, trató de atenuar el golpe pero entre todos sus recursos de diplomático no halló una fórmula. No había escapatoria, a su esposa tenía que decirle la verdad escueta.

    —Leo, amor mío —le dijo, sin atreverse a mirarla, y tratando de dominar un ataque de náuseas —me temo que  Fifí no puede acompañarnos al paseo… digo sí… pero…

    —¿Por qué, mi amor?

  —Porque nos lo acabamos de comer. En esa bolsa llevas el collar y el pellejo.

 

 

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