EL OTOÑO DEL PATRIARCA / Proyección edípica de la cultura latinoamericana

EL OTOÑO DEL PATRIARCA / Proyección edípica de la cultura latinoamericana

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Toda obra literaria es susceptible de ser mirada e interpretada a partir de infinidad de puntos de vista. Uno de ellos es el que ofrece el sicoanálisis. Este ensayo  plantea exploraciones en dos sentidos:

  1. Dar cuenta de la estructura formal de EL OTOÑO DEL PATRIARCA a partir de las nociones que el sicoanálisis ha acuñado a propósito del fenómeno onírico: contenido manifiesto e ideas latentes, condensación, desplazamiento y representación. El sicoanálisis ha demostrado cómo el proceso de elaboración de una obra literaria obedece a las mismas leyes que explican y determinan la relación entre contenidos inconscientes y la expresión simbólica de que éstos son objeto a través del sueño y otros fenómenos de orden sicológico.  (Ver: S. Freud: EL POETA Y LA FANTASÍA).
  2. Intentar una interpretación del contenido del texto a partir de la teoría de la cultura elaborada por el sicoanálisis. Y en el caso de esta novela, mostrar cómo se trata de una proyección edípica de la subcultura latinoamericana.
  3. Análisis de la novela a partir de los planteamientos metodológicos derivados de LA INTERPRETACIÓN DE LOS SUEÑOS de Sigmund Freud.

En esta novela domina como forma estructural fundamental, la condensación; primero en sentido temporal y segundo, en sentido espacial.

En INTERPRETACION DE LOS SUEÑOS, Freud dice que la deformación onírica emplea con frecuencia la técnica  que consiste en representar, al principio del sueño, el desenlace del suceso o la conclusión del proceso mental, y al final del mismo las causas del primero o las premisas del segundo. Curiosamente, es un recurso muy utilizado por G. García Márquez en sus cuentos y novelas; ya desde el primer párrafo adelanta el desenlace de la narración.

1. La Dictadura es un sueño de angustia

La lectura de EL OTOÑO DEL PATRIARCA sugiere una fatídica atmósfera de pesadilla, no sólo por el tema sino por los recursos narrativos. La muerte, simbolizada por bandas de gallinazos, irrumpe en el palacio presidencial y, tras ella los curiosos ‑el populacho‑ incrédulos y recelosos, que descubren un cadáver ‑el del Patriarca‑ cuya vista saca a flote los recuerdos empantanados de una larga noche de terror secular. El recuento deshilvanado de estos recuerdos va desarrollando el tema ‑las atrocidades de la tiranía‑ contado por narradores anónimos que se arrebatan la palabra en monólogos repetitivos, delirantes e interminables. Entre estos narradores domina el Patriarca mismo que anónimo y omnipresente tiraniza durante siglos su «reino de pesadumbre». Al comienzo de cada capítulo es el populacho el que comienza a hacer memoria al rededor del cadáver. Pero esos recuerdos parecen tener vida propia, pues es el Patriarca el que impone de manera arbitraria y brutal su monólogo de tal manera que su muerte resulta una patraña para atrapar y masacrar a los que pretenden  enterrarlo.

La novela está compuesta por seis capítulos que narran, cada uno, de manera reiterada y obsesiva, cómo «la ciudad despertó de su letargo de siglos, en la madrugada del lunes», cómo la muchedumbre irrumpió en la casa  presidencial y halló el cadáver del Patriarca tirado en el suelo, muerto de muerte natural; a raíz de este acontecimiento, la caótica asociación de recuerdos de lo que fue la interminable pesadilla de la dictadura.

El desarrollo de la narración al rededor de un cadáver o a propósito de un funeral, es una forma que se repite obsesivamente en gran parte de las obras de G. García Márquez y que parece alcanzar un desarrollo definitivo en la novela EL OTOÑO DEL PATRIARCA.

Primero, porque  logra una estructura narrativa definitivamente cerrada y omnicomprensiva: recoge de comienzo a fin todo un ciclo de la historia del continente y comprende en síntesis la principal temática de su obra, extrapolándola en términos de patriarcado, como símbolo fundamental.

Segundo, porque constituye un hito específico en el desarrollo de su técnica narrativa que se apoya en los recursos del periodismo: adelantar todo el argumento en los primeros renglones y desarrollarlo después escalonada y gradualmente por partes autónomas, tratando de mantener el interés del lector hasta la última línea.

Tercero, porque es una muestra más depurada de su estilo ampuloso que acude a la hipérbole y a la exageración, a la  profusión desmesurada de la metáfora, a la insistencia obsesiva en ciertas figuras, símbolos y adjetivaciones y, en general, al uso de elementos banales de la realidad cotidiana preñándolos, por el contexto, de un sentido alusivo que los deforma y los impregna de una atmósfera surrealista. Todo ello dentro de una proclividad al folclorismo y a la superficialidad, quizás debido a su malabarismo verbal y a su fantasía desaforada.

La novela tiene la conformación de un sueño de angustia, vertebrado al rededor de tres elementos: un despertar ‑por lo tanto un sueño‑ y el recordar de una pesadilla. Pesadilla que, como tal, se repite seis veces, una por cada capítulo, que difieren sólo por el contenido de los recuerdos, si bien, algunos son reiteración y ampliación de recuerdos borrosos ya enunciados antes. A medida que avanza se torna más y más obsesiva. Los párrafos se alargan hasta lo insoportable, alcanzando el clímax de terror en el último capítulo que es un solo párrafo desmesurado.

El lenguaje tiende a asimilarse al lenguaje de tipo onírico, no sólo por su marcada simbología, sino por el papel de encubridor de contenidos latentes que corresponden a procesos culturales más o menos encubiertos y reprimidos en el ámbito de Colombia y la América Latina.

El hecho de que el Patriarca se haga presente en la evocación de los recuerdos, no quiebra la lógica estructural de tipo onírico de la obra, ya que simboliza la introyección cultural fundamental común a todo un pueblo. Es decir que en ese símbolo se proyecta el inconsciente colectivo y no un personaje individual. O sea que el sujeto que sueña no es el tirano, sino el pueblo tiranizado que se desdobla en varios personajes oníricos. Ahora bien, el carácter repetitivo y caótico de los recuerdos no es gratuito o caprichoso, sino que obedece a la economía de los contenidos oníricos, cuya sintaxis no se somete a las normas del lenguaje racional de la vigilia. Es la forma que asume el inconsciente para expresarse. Nótese además que esa forma arbitraria de ir asociando un recuerdo tras otro corresponde al modo como todo sujeto procede a recordar sus sueños.

El primer capítulo puede servir de ejemplo para mostrar las características específicas de la escritura de Gabriel García Márquez. En el primer párrafo  nos anuncia el tema adelantándonos el desenlace y nos traza los parámetros de tiempo y espacio que delimitan la narración. En efecto, en cuanto al tiempo, nos adelanta el argumento de lo que pasó «durante el fin de semana» y «en la madrugada del lunes»: los gallinazos (la muerte) «removieron con sus alas el tiempo estancado» y «la ciudad despertó de su letargo de siglos». En cuanto al espacio, nos hace prefigurar que todo acontece dentro de los límites de la casa presidencial en cuyo interior estaba detenido el tiempo. Todo lo que viene luego es el desarrollo de esta metáfora matriz que se desgrana en una infinita filigrana de submetáforas que van brotando a partir de que quienes entran, al ver el cadáver, comienzan a recordar. El tiempo vuelve a fluir al desatarse los recuerdos.

Pero los recuerdos sólo fluyen en la medida que los ojos ven, descubren asombrados el «ámbito de otra época», ese espacio constituido y poblado por un cúmulo de elementos que por sí solos son banales e insignificantes pero que por la caprichosa contigüidad asignada por el autor se tornan en símbolos preñados de una densa significación: El conjunto caótico de varios patios, el jardín de «rosales nevados de polvo lunar», la basílica colonial, la galería de las arcadas con la barraca de las concubinas, las cocinas, la casa civil, todo ello es a la vez el bunker  inexpugnable y la nación entera. Todo ello cubierto por una telaraña polvorienta (el tiempo estancado) y amenazado por la maleza (la involución).

La yuxtaposición surrealista de imágenes tan grotescas sugiere el proceso de conformación de una incierta nacionalidad:

«…vimos el galpón en penumbra donde estuvieron las oficinas civiles, los hongos de colores y los lirios pálidos entre los memoriales sin resolver… vimos en el centro del patio la alberca bautismal donde fueron cristianizadas más de cinco generaciones con sacramentos marciales, vimos en el fondo la antigua caballeriza de los virreyes…la berlina de los tiempos del ruido, el furgón de la peste… el coche fúnebre del progreso dentro del orden… todos en buen estado bajo la telaraña polvorienta y todos pintados con los colores de la bandera.» ([1])

Desde los tiempos más remotos y durante los incontables años de su supervivencia, la casa estuvo poblada de leprosos (la corrupción), ciegos (la ignorancia) y paralíticos (la burocracia) que siempre recibieron del Patriarca «la sal de la salud». La basílica colonial «convertida en establo de ordeño» sugiere el eterno contubernio entre los terratenientes, que siempre controlaron las riendas del poder, y la Iglesia que fue el mayor terrateniente durante el siglo diecinueve. «…la pestilencia que nos llegaba del fondo del jardín… la hedentina de boñigas y fermentos de orines de vacas y soldados, el desorden de guerra de las cocinas… la recua de sietemesinos…» ([2]) son elementos que simbolizan el abuso de la fuerza, la entronización del terror y sugieren la inmensa masa de la gleba, sin la cual esa inmensa hacienda que era el país no hubiera sido posible. Hacienda cuyo dueño lo era también de vientres, por derecho de pernada, y del fruto de éstos, pues el sietemesino ya desde el momento de nacer estaba destinado a ser peón de su propio padre por el resto de su vida, estigmatizado por su impureza de sangre.

Ese «ámbito de otra época» contiene además, en el centro de todo ese laberíntico desorden, «la casa civil», el asiento del gobierno, donde se enseñoreaban las vacas: los terratenientes, detentadores sagrados del poder, inamovibles de sus posiciones de privilegio. Donde estaba «la sala de audiencias», lugar de macabras maquinaciones y asesinatos. Y por último la terraza sobre los acantilados desde donde se podía ver todo su reino de pesadumbre, desde el «extenso animal dormido de la ciudad…hasta el horizonte… los cráteres muertos de ásperas cenizas de luna de la llanura sin término donde había estado el mar».([3]) La terraza desde donde, en épocas mejores, el Patriarca había podido ver «el universo completo» del mar Caribe y de un solo golpe de vista, como en un espejismo, había percibido las tres carabelas de Cristóbal Colón y el acorazado de los infantes de marina, los dos fatídicos desembarcos que le ayudaron a entender el embrollo de su propia historia, el «cambalache» del mercantilismo y el despojo del capitalismo moderno.

En ese ámbito cerrado, vulnerable solamente por la muerte, «En aquel recinto prohibido… allí lo vimos a él… más viejo que todos los hombres y todos los animales… de la tierra y del agua…» la encarnación misma del tiempo indefinido, eternizado; pasto, por fin, de la muerte que comenzaba a carcomerlo, pasto de la muchedumbre que procedía, por fin, a desgarrarlo en jirones de recuerdos, a reconstruirlo en un recuento consciente y pormenorizado para sacar a la luz su verdadero rostro y asignarle de una vez por todas su justo lugar en la memoria, de tal manera que dejara de ser el enquiste maligno en el subconsciente de generaciones y generaciones. «Fue como penetrar en el ámbito de otra época, porque el aire era más tenue… y el silencio era más antiguo…»([4]) donde la fatalidad y lo arbitrario le fijaban mojones al eterno retorno de los aconteceres valiéndose del paso del cometa, de la aparición del vómito negro, del capricho imprevisible de la peste. Donde el tiempo derivaba atrapado entre las telarañas de lo mítico, lo misterioso, anclado en la oscuridad de lo prehistórico. Donde el tiempo no tenía existencia objetiva, pues el Patriarca se arrogaba la potestad de decretar la hora a su antojo. Donde se manipulaba la incertidumbre de lo venidero al azar de las cartas de la baraja y se auscultaba la fatalidad en las palanganas de las pitonisas y la suerte de cualquiera dependía de los humores imprevisibles del Patriarca demente. El tiempo es un remolino cíclico sin solución de continuidad, sin ayer ni hoy ni mañana, que se expresa en el brotar caótico y fragmentado de los recuerdos al rededor del cadáver cuyo entierro se hace imprescindible para que el tiempo histórico comience a fluir.

 

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2. El Patriarca es el Padre Tirano

La semblanza del personaje central ‑que es denominado Patriarca en vez de Tirano o Dictador‑ evoca más que todo la imagen del paterfamilias que la del hombre de Estado. El ámbito físico evoca, por los símbolos que lo constituyen, no tanto el palacio de gobierno y su gran aparato burocrático, sino la casa de la familia patriarcal. Los quehaceres cotidianos del Patriarca, por ejemplo, son los del típico terrateniente tradicional:

«Todos los días… había vigilado el ordeño de los establos para medir con su mano la cantidad de leche que habían de llevar las carretas presidenciales a los cuarteles, tomaba en la cocina un tazón de café negro con cazabe… atento siempre al cotorreo de la servidumbre…»([5])

El autor toma los rasgos que caracterizan lo popular cotidiano para dibujar la cotidianidad de la tiranía, dándoles por el contexto una aguda ironía crítica; logrando así expresar la relación de mutua determinación entre las formas del poder y las demás condiciones sociales.

La novela a primera vista alude a lo político. Realmente hace una alusión más compleja, donde la estructura del poder político aparece como la proyección de la estructura de la familia patriarcal y del clan, al rededor de los cuales ha girado el destino de los pueblos latinoamericanos durante una larga época. Durante el siglo XIX todos los caudillos latinoamericanos obedecieron al esquema del hacendado que marcha sobre la ciudad y la somete. Hecho que constituyó un lamentable retroceso respecto de los ideales liberales que preconizaron los movimientos de independencia a comienzos del mismo siglo. Los gobiernos centrales, fueran civiles o militares, eran generalmente ineficaces contra el hacendado‑caudillo que reclutaba sus tropas entre los peones de sus propias haciendas, muchos de ellos hijos suyos en los vientres de incontables campesinas‑siervas. Los caudillos rivales del Patriarca

«…se habían apoderado de las haciendas y ganados de los antiguos señores proscritos y se habían repartido el país en provincias autónomas con el argumento inapelable de que esto es el federalismo mi  general, por esto hemos derramado la sangre de nuestras venas, y eran reyes absolutos en sus tierras, con sus leyes propias, sus fiestas patrias personales, su papel moneda firmado por ellos mismos…» ([6])

Esos caudillos eran descendientes directos de los conquistadores españoles a través de los cuales llegó al continente el peso de la dominación que asumió múltiples formas: la religión, la moral, la explotación económica, la discriminación racial, etc. Los criterios personales y los intereses de casta dominante fueron los factores que determinaron arbitrariamente las formas de poder.

Las relaciones entre el Patriarca y los demás personajes tienden a ser de tipo primario, es decir, las que surgen en el ámbito de la ambivalencia de los afectos y que no sobrepasan los límites de la consanguinidad. No son todavía las relaciones estrictamente funcionales requeridas por el Estado moderno como resultado de la racionalización y la profesionalización de la gestión administrativa. El Patriarca es la patria misma «hecha a su imagen y semejanza», es, más aún, el padre de la patria que la engendra a través de toda una recua de sietemesinos en el vientre de una ingente masa de concubinas‑cocineras. El Patriarca es temido y odiado pero también es amado ‑como todo padre‑ pues su persistencia y omnipotencia garantizan la permanencia del caos y la barbarie de que se benefician sus paniaguados simbolizados por los leprosos, los ciegos y los paralíticos. El Patriarca encarna la virtud ambivalente del tabú original, pues el contacto con él puede traer indistintamente la destrucción y la muerte o la cura milagrosa. Lo religioso, lo moral y el sentimiento social tienen en él un fundamento indiferenciado: en su «reino  de pesadumbre» no existe una ley diferente a «los caprichos de su indigestión» ni otra religión que la mitificación de sí mismo y la de su madre. No hay una diferenciación, una estratificación social entre sus súbditos, sino que todos son nivelados por el rasero de su brutalidad, a menos que los ascienda «a los grados más altos señalándolos con el dedo según los impulsos de su inspiración».([7])

A través del cadáver que se levanta y cobra nueva vida, simboliza la novela la fuerza persistente de lo atávico sobre el presente: «no se atreven ni se atreverán a matarme nunca ‑dice el Patriarca‑ porque saben que después tendrán que matarse los unos a los otros».([8]) Es la interminable lucha por el poder, no como medio de gestión política sino de enriquecimiento personal a costa de los derechos de los demás. Es la historia del siglo XIX salpicado de guerras civiles que desangraron a Colombia y que sembraron el odio y la venganza, cuyos frutos recogemos las generaciones del presente en una insensata gesta de violencia. Es la persistencia del estado de hecho ‑la ley de la selva‑ en vez del estado de derecho. La ignorancia y la violencia bestial nutrieron el miedo atávico de las generaciones que nos precedieron. Y esa savia corrosiva ha circulado desde los más remotos intersticios de la infancia, pasando por la estructura familiar, la educación, el Estado y la Iglesia. Desde su remota infancia el Patriarca recordaba

«…una hilera de gallos sin cabeza colgados por las patas desangrándose gota a gota en el alero de una casa de vereda grande y destartalada donde acababa de morir una mujer… había visto a un hombre que trató de ahorcarse con una cuerda ya usada por otro ahorcado… y la cuerda podrida se reventó antes de tiempo y el pobre hombre se quedó agonizando… pero no murió, lo reanimaron a palos sin molestarse en averiguar quién era… lo metieron por los tobillos entre los tablones del cepo chino… pues así eran aquellos tiempos de godos en que Dios mandaba más que el gobierno… cuando esa cáfila de pollerones ensillaban indios en vez de mulas y repartían collares de vidrios de colores a cambio de narigueras y arracadas de oro…»([9])

En el fondo la violencia es la ley fundamental. Entre más brutal y primitiva más determinante. La consecuencia es la obnubilación de la razón y, en su lugar, la proliferación de procedimientos y toma de decisiones en base a la premonición y a lo agorero, es decir la mentalidad mágica.

Otra faceta del síndrome de la tiranía está esbozada por la relación entre el Patriarca y la masa popular. Es la dialéctica del amo y el esclavo. Se necesitan mutuamente, pues «no había otra patria que la hecha por él» y «habíamos terminado por no entender cómo seríamos sin él».([10]) La masa popular está caracterizada en la novela como un amorfo conglomerado sin conciencia, tan peligroso y asustadizo como un rebaño, incapaz de hallar su propio camino o de modificar las circunstancias que lo determinan. Es el caldo de cultivo de la dictadura. La desaparición del Patriarca aparece más como el incierto e inesperado resultado de caprichos inescrutables que como el logro de una lucha del pueblo por conquistar la libertad. El poder, en la eventualidad de que el Patriarca muera, es considerado como un botín objeto de rapiña, el comienzo de un nuevo ciclo de violencia.

La ambivalencia afectiva respecto del Patriarca induce a los dominados a identificarse con él. La paranoia y la superstición son elementos constitutivos de la personalidad de éstos y la de aquel. La personalidad del Patriarca es típicamente paranoica: está obsesionado por ideas delirantes, «corregidor de los errores de Dios», angustiado por la desconfianza y el delirio de persecución, todo lo cual se enraíza en una neurosis de defensa. Como todo paranoico, tiende a proyectar la desconfianza en sí mismo sobre los demás; y lo hace violentamente, logrando así una satisfacción narcisista en cuanto que realiza sus íntimos deseos de omnipotencia. La superstición y la paranoia tienden a reforzarse mutuamente:

«No conoció un instante de descanso husmeando en su contorno para encontrar al enemigo oculto… hasta una noche de dominó en que vio el presagio materializado en una mano pensativa que cerró el juego con el doble cinco…»([11])

Al tocar el tema de la superstición se desemboca en lo mitológico y lo religioso cuyos contenidos constituyen la proyección de la sicología del supersticioso sobre el mundo exterior. Desde la perspectiva del mito, EL OTOÑO DEL PATRIARCA no es simplemente una alusión al problema de la dictadura, sino una alegoría de la cultura latinoamericana. Expresa la oscura pesadilla de nuestra historia oculta. García Márquez acude a la extrapolación que permite enraizar el fenómeno de la dictadura en el mito arcaico del gran macho, vale decir en el inconsciente cultural. El Patriarca alude al mito del Padre de la horda primitiva anterior al totemismo. Simboliza una época de nuestro devenir.

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3. El Patriarca es un Dios Tirano

La simbología más reiterada respecto de la figura del Patriarca se hace más diáfana si se interpreta como resultado de la proyección de contenidos supersticiosos y religiosos de la masa popular. Condensa indistintamente contenidos religiosos y mitificaciones del poder; y no pocas veces se identifica con la figura del Dios Tirano del Antiguo Testamento, celoso y vengador. El Patriarca reconoce y elimina a sus enemigos «con la memoria inapelable del rencor» y «él solo era el gobierno y nadie entorpecía ni de palabra ni de obra los recursos de su voluntad».([12])

Es característico de  la obra de Gabriel García Márquez utilizar las alusiones de carácter religioso de manera sarcástica y satírica. Ese rasgo de su estilo se acentúa en esta novela, obra en que los mitos vertebrales del cristianismo quedan despojados de su misterio y sacralidad:

«…se sabía que era un hombre sin padre como los déspotas más ilustres de la historia… el único pariente que se le conoció… su madre de  mi alma Bendición Alvarado a quienes los textos escolares atribuían el prodigio de haberlo concebido sin concurso de varón y de haber recibido en sueños las claves herméticas de su destino mesiánico.»([13])

El nuncio papal encarna, por ejemplo, la parodia de la entrada triunfal de Cristo a Jerusalén:

«…le vinieron con la novedad mi general de que al nuncio lo estaban paseando en un burro por las calles del comercio bajo un chaparrón de lavazas de cocina… le gritaban mano pancha, miss vaticano, dejad que los niños vengan a mí.»([14])

Las alusiones en este sentido son muy variadas: «que viva el macho, gritaban, bendito el que viene en nombre de la verdad», es un pasaje en que se establece una identidad entre un conocido pasaje bíblico y el paso triunfal de la tiranía. El efecto, por lo menos, es doble, ya que, por una parte desmitifica el contenido religioso; y por otra señala un fenómeno de sicología de masas en el que se confunden el fanatismo religioso con el político, gracias a la ignorancia. Todo ello sin contar con el humor sarcástico que conlleva. Podría ser esta la manera de expresar la sobre determinación que el cristianismo tropical ha ejercido sobre las conciencias, y principalmente en el inconsciente de varias generaciones. Efecto que en el plano político asume ese marasmo servil y conformista que la novela describe de muchas formas:

«Se alzaron a su paso… para implorar de sus manos la sal de la salud, y entonces fue cuando sucedió, incrédulos del mundo entero… que él nos tocó la cabeza… y en el momento en que nos tocaba recuperábamos la salud del cuerpo y el sosiego del alma y recobrábamos la fuerza y la conformidad de vivir…»([15])

La identificación entre lo político y lo religioso adquiere tal acentuación en esta obra, que hay pasajes intercambiables con algunos del catecismo Astete: dice la novela que la imagen del Patriarca «estaba presente en nuestras vidas al salir de la casa, al entrar a la iglesia, al comer y al dormir…»([16]) y el padre Astete dice que el cristiano ha de hacerse la señal de la cruz «al levantarse de la cama, al salir de la casa, al entrar a la iglesia, al comer y al dormir.» La semblanza del Patriarca tiende a ser calcada sobre la imagen que la fe supersticiosa del cristianismo ha estampado en nuestro medio; es decir una imagen metafísica, misteriosa y sobrecogedora proveniente de un pasado insondable e incuestionable; imagen de una presencia nunca manifiesta pero siempre presentida a través del miedo y del complejo de culpa:

«ninguno de nosotros lo había visto nunca, y aunque su perfil estaba en ambos lados de las monedas… en los bragueros y los escapularios sabíamos que eran copias de copias… y nuestros padres sabían que era él porque se lo habían oído contar a los suyos… desde niños nos acostumbramos a creer que él estaba vivo…porque el mundo seguía, la vida seguía, el correo llegaba…»([17])

Es lógica entonces la reacción de las muchedumbres ante la noticia de su muerte. Primero el desconcierto y la desesperación como si el eje del mundo se hubiera quebrado, porque «hasta los menos cándidos esperábamos que el día de su muerte el lodo de los cenegales había de regresar hasta las cabeceras, que había de llover sangre… porque aquel día había de ser el término de la creación.» Y después, al verlo reaparecer, se desbordan en manifestaciones de adhesión eterna y «grandes letreros de Dios guarde al magnífico que resucitó al tercer día de entre los muertos.»([18])

Jorge Guaneme Pinilla

 


[1] El Otoño del Patriarca, Plaza y Janés, Barcelona, 1975, p. 6
[2] Ibidem
[3] Id., p. 7
[4] Id., p. 8
[5] Id., p. 11
[6] Id., p. 56
[7] Id., p. 197
[8] Id., p. 251
[9] Id., p. 172
[10] Id., pp. 170 y 221
[11] Id., p. 123
[12] Id., p. 38
[13] Id., p. 51
[14] Id., p. 146
[15] Id., p. 251
[16] Id., p. 252
[17] Id., pp. 8-9
[18] Id., p. 129

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