SUEÑOS PARALELOS / Cuento

SUEÑOS PARALELOS / Cuento

Engin Akyurt / Pixabay

Ese verano, había decidido tomarme unas semanas de descanso en Creta. En el aeropuerto de Dresde hubo un retraso de treinta minutos. Entre los pasajeros había una mujer que me llamó de inmediato la atención. Iba sola, vestía de blanco como una vestal griega, y leía. Ese rostro ya lo he visto antes, me dije, y en vano traté de recordar quién era. Tanto me fascinó que me propuse aprovechar el tiempo de espera para intentar un cruce de palabras. Al mirarla de nuevo, se me antojó que era Irene Papas, la famosa actriz griega, sólo que mucho más joven. Tendría unos treinta y dos años y reunía juventud y madurez dentro de un equilibrio insólito. Su serenidad esparcía mucha paz, la de un carácter ajeno a la ensoñación y demasiado maduro para enredarse en ilusiones románticas. Me acerqué tratando de espiar en qué idioma leía. Entre manos tenía una gramática alemana para extranjeros. Pero en ese momento se agotaron los treinta minutos, llamaron a bordo, la gente se levantó y me cerró el paso.

Al aterrizar en Heraklión, traté en vano de acortar la distancia. Pero mientras buscaba mi equipaje la perdí de vista. Lamenté mi mala suerte, cambié un poco de dinero, busqué un hotel y en el momento de dormirme, reclamado por las nuevas circunstancias, ya la había olvidado.

Creta resultó una fuente inagotable de embelesamiento. Las leyendas, la historia, los museos y los monasterios, las grutas y las iglesias, la inmensidad azul de cielo y mar y la cordialidad de sus gentes, me absorbieron por completo. Después de dos semanas por diversas partes de la isla, llegué a Chaniá, hermosa ciudad al noroeste. Faltando dos días para el regreso a Dresde, entré a una antigua iglesia gótica de corte veneciano que albergaba el museo de arqueología. Los sarcófagos con frescos del minoico tardío eran la atracción primordial. Había estado observando la fantasía de las imágenes y la viveza de colores tan cargados de años y ya iba a seguir adelante, cuando percibí un perfume muy agradable; y me quedé mirando los frescos sólo por el gusto de inhalar aquel aire. Miré al lado y me encontré con sus ojos, en una expresión de asombro que me hipnotizó. Era la mujer cuya extraña belleza me había fascinado durante el viaje desde Dresde.

 

Arte Minoico. https://www.imagenesmi.com

 

—Pero, Carlos, ¿tú qué haces aquí? —me dijo, pasando del asombro a la curiosidad.

—Jairo —estuve a punto de replicarle, para sacarla de su error. Pero verla de forma tan inesperada y oírla hablar en mi propio idioma, me sorprendió tanto que me quedé mudo. Su aparición era tan fascinante que no era necesario corregir nada. Pensé que podría ser una excéntrica con ganas de bromear.

—¡Pero, vamos! ¿Ya no me reconoces? —dijo, sin titubeo alguno.

—¡Qué bella estás! ¡Qué sorpresa tan increíble! —dije, aferrándome a lo que sentía, con los brazos entreabiertos.

—¿Y qué? ¿No me vas a dar un abrazo? Te has dejado enfriar por los años —me dijo en ademán de espera y de reproche.

Me lancé a sus brazos y aproveché esa fugaz tregua que me daba el no tener que mirarla a los ojos, tratando de encontrar en mis recuerdos algún indicio que me revelara quién era.

—¡Cómo has cambiado!  Si no fuera por ese aire de ensimismamiento que te traiciona, no te hubiera reconocido —dijo, escudriñándome de pies a cabeza.

—Sí. El tiempo no pasa en vano. Después de tantos años me encuentras desastroso, decepcionante, supongo.

—No, al contrario. Pero tan distinto que me pregunto si eres el mismo.

Para ganar tiempo y darle oportunidad de hablar, a fin de pescar algún dato que me ayudara a reconocerla, aludí al viaje.

—Supe que estabas por Alemania…, ahora último…

—¿Cómo te enteraste? —dijo, entre sorprendida e intrigada.

Opté por comentar sobre la isla, el museo, la ciudad, evitando toda alusión a su pasado.

—En eso sí eres lo mismo que antes —dijo— difícil sacarte palabra. Los soñadores siempre son ensimismados.

—Me encanta escuchar —me defendí— sólo en silencio es posible la contemplación. Contemplar tu gracia me deja sin palabras.

Y para evadir su curiosidad, la induje a hablar de sí misma:

—¿Qué ha sido de tu vida, entre tanto?

—No tan mal. No tengo quejas. Me imagino que estarás interesado en saber qué pasó después de tu  partida. A propósito, ni te despediste ni escribiste jamás. Lo de Rodrigo, tu eterno rival, no funcionó. Menos mal. No me imagino qué sería de mí, hoy, a su lado. Me dejó por el dinero. Se enamoró de una viuda rica que más tarde resultó convicta y confesa del asesinato de su esposo. No te imaginas qué historia. Tú sabes, en esa ciudad siempre sucedían unas cosas… Yo terminé estudios un año después y viajé para perfeccionar mi inglés. Ya en Londres, retrasé mi vuelta cuanto pude, aprendí luego el francés y trabajé como intérprete…

—Y ahora empeñada con el alemán. Tú, como siempre, encaprichada por los idiomas —la interrumpí para apoyarme en la escasa cuota de sorpresa con que podía impresionarla.

—Sí, en eso sigo la misma. Te decía que me dejé tentar por ese mundo internacional y me casé con un empleado de una compañía exportadora. Fue una unión corta, sin grandes pasiones ni grandes desacuerdos. Al final me encontré feliz de recuperar mi disponibilidad.

A medida que hablaba, más intrigado me sentía. El traje realzaba su belleza, el maquillaje era tan sutil que era preciso adivinarlo.

—Perdiste tu acento de antaño. Te internacionalizaste —me aventuré a decir, tratando de averiguar su origen.

—Igual que tú. Inevitable.

—Así parece —dije, sin convicción, y al intentar contarle algo más, me di cuenta de que empezaba a mentirle, tentado por mi tendencia a fantasear, y preferí apoyarme en la verdad. Por algún rezago en su acento, sospechaba que provenía de algún país hispanohablante con influencia caribe. Y esperaba alguna alusión que me diera algún indicio. Pero, consciente del riesgo que significaba hablar del pasado, cambié de rumbo. La invité a caminar por el puerto, entre los cafés, los perípteros y las tiendas para disfrutar de la refrescante brisa del mar. Me inquietaba la posibilidad de una torpeza que le revelara mi juego y me invadía la ansiedad al constatar que nos entendíamos más y más.

 —Nada como la fidelidad al presente. Es lo único que tiene sentido —dije, ante su insistencia en hablar del pasado —el pasado de una mujer, no me importa.

—Para una mujer suspicaz —contraatacó— esas razones no serían sino la excusa para ocultar algo inconfesable. No lo digo por ti, porque te conozco. No sé qué sería de mí, ahora, si no hubiera contado con mi familia y mis amigos.

Y con esas palabras aludió a lo que más temía yo, el terreno más resbaladizo. Su familia.

—Yo he sido muy desprendido de mi familia —repliqué, elusivo.

—Siempre lo fuiste. Eso nunca lo entendí en ti. Yo nunca entendí tu actitud con tus hermanas, por ejemplo.

Entonces supe con toda seguridad, yo, hijo único, que aquella mujer me confundía con otro. Y azorado por la certeza, no supe lo que decía:

—Bueno, claro, en ese caso no hay comparación. Porque tus hermanos…, quiero decir… —y no sabía qué quería decir porque me miró extrañada y distante. Había sucedido lo que tanto temía. Traté de eludir su  mirada pero me confrontó ineludible.

—¿Cómo? Hermanos, ¿dices? ¿De qué hermanos me hablas? ¿Acaso olvidaste …?

—¡Oh, sí!, perdón —me apresuré a exclamar— me… te confundí… —(¡Qué torpe!) —digo, me confundí con el caso de esta chica… ¿cómo se llamaba?

Traté de corregir mi torpeza pero de su mirada había desaparecido el encanto. Su silencio repentino me decía que todo terminaba bruscamente. De pronto dijo:

—Jamás entendí tu actitud. Yo nunca pude resignarme a la pérdida de mi hermano. Y tú tan desprendido de los tuyos. Eso me llevó a pensar que no éramos el uno para el otro.

—Pero te divorciaste y te veo viajando sola —insistí, decidido a no abandonar el control que me permitía fijar el rumbo.

—A propósito de mi hermano —dijo, de pronto, en un momento de descuido en que me quedé en silencio contemplándola— mi familia nunca logró enterarse de las verdaderas circunstancias de su muerte. Sólo conjeturas, a partir de diversas versiones. Tú, en cambio, nos dijeron que sabías algo…

Sentí que todo se iba a pique, que el momento de la verdad había llegado y deseé que me tragara la tierra. Vacilé unos momentos, ella pendiente de mis labios, y dije:

—Por lo que más quieras…, en una ocasión como ésta…, yo preferiría… si me lo permites… pasar por alto ese tema.

Mi decisión la convenció, aunque en sus ojos vi esa luz que indaga un sentido esquivo e inasible. Creí que empezaba a sospechar algo, pues desvié la mirada de manera que la intrigó aún más.

El largo día de verano se había ido ya hacía rato. Ya era casi media noche. Desgarrado entre la fascinación y la ansiedad, me sentía exhausto. Necesitaba una tregua. Confesé mi cansancio y la acompañé hasta su hotel. Me fui a dormir desesperado por la duda. ¿Habría descubierto mi juego? ¿Quién era? ¿Era sincera? ¿Se burlaba de un desconocido ingenuo?  Pensé que estaría muerta de la risa, y aunque acordamos vernos al día siguiente, llegué a  desear no verla más. Ni siquiera sabía su nombre. Un día más y la noche, y tenía que volver a Dresde. 

Dado que me tomaba por uno de sus pretendientes, rival de un tal Rodrigo, al atardecer de ese último día le di a entender que esos sentimientos volvían a brotar en mí.

—Pero, Carlos —dijo— eso no tiene sentido. Nuestras vidas son tan divergentes…

—Eran divergentes —me apresuré a corregir, mientras veía desesperado cómo avanzaba el sol de mi último día en la isla. Pero no se dio por aludida.

—¡Aurora Pietrasanta! —le dije, queriendo decir mucho pero sin saber cómo.

—¿De dónde sabes el apellido de mi exmarido?  —me preguntó, intrigada.

—Ayer te pregunté si ya habías estado en el Museo de Historia, en la calle Sfakianáki.

—Y te dije que sí.

—Luego acordamos una cita para hoy. Tú querías a las diez de la mañana. Y yo, una hora más tarde. Tiempo que aproveché para ir precisamente hasta el museo. Yo ya lo había visitado y pensé que tú también habías escrito un comentario en el libro de visitantes. Allí encontré la única anotación en castellano, además de la mía, tu letra inconfundible y al final tu nombre, mi querida Aurora Pietrasanta.

Me alivió ver que sonreía complacida. Más seguro del terreno que pisaba, agregué:

—Como siempre, sigo incapaz de decidirme a tiempo. ¡Cuánto tiempo perdido!  Pero, vamos, el pasado no existe.

Mi sorpresa siguió aumentando, pues dijo:

—Tú siempre me diste la impresión de decir verdades a medias. Era como si ocultaras tu verdadero rostro.

—Ahora, en cambio, estoy seguro de… sé que puedo parecerte ridículo, pero dejar escapar la ocasión sin decírtelo…

—No. No lo digas. Por favor. Mejor no lo digas. De una cosa estoy segura: no quiero enamorarme. No ahora.

—Te parezco ridículo. Tan sólo quedan unas horas para compartir contigo y deseo que sean las mejores de mi vida. Sólo aspiro al mejor de los recuerdos posibles. Tú eres para mí la de hoy, aquí. La del pasado nunca existió. Me ahogo si no me permites decirte… Pensar que te perdí y te hallé de nuevo, pensar en dejar de verte sin decírtelo…

Me interrumpió su mirada extraña, mezcla de introspección y escudriñamiento. Mis propias palabras me sonaron a cáscaras vacías. Me sentí observado desde una lejanía que todo lo percibía y temí que al final, de todas maneras, había descubierto el engaño, o peor aún, que satisfecha de su juego malévolo, iba a revelármelo con una carcajada.

—De ayer a hoy —dijo solemne, y temí lo peor— he pensado varias veces que no somos los que creemos ser. Todo es una ilusión. Aquéllos que fuimos ya no existen.

—Aurora —exclamé dispuesto a empezar a poner las cartas sobre la mesa— empiezo a sospechar que tú y yo no somos sino figuras en un sueño de alguien a punto de despertar. Quizás nos engañamos al creer que ya nos vimos. Quizás yo vi tu rostro en un río de sueños olvidados. Tan sólo nos buscábamos desde un sueño de hace siglos. Quizás no somos sino el sueño de dos muertos que aspiraron a estar juntos en vida. Si para soñar hemos nacido, que calle el pasado, soñemos el presente. Aprovechemos la noche que nos queda.

Me respondió con una sonrisa tan franca que mis temores se esfumaron. Y nos besamos por primera vez. Enmudecieron las voces del pasado y nos dimos a devorar el presente tan fugaz y tan incierto. Sólo teníamos la noche entera. Era suficiente. Nos acercamos con calma, con el embeleso de que cada caricia era única, irrepetible, para siempre. No había ilusiones ni deseos. No había pesares ni rencores, ni reproches ni ansiedad ni posesividad ni celos. Era una luz sin sombras. Volcados sin reservas sobre el acto de saciarnos, como si fuera el último momento de la vida, así nos amamos. Para indagar quién era, de dónde venía y hacia dónde iba, no hubo cuando. La piel alerta lo percibe todo. La mirada clara es trasparente. El sentimiento es inequívoco, no requiere entendimiento ni razón, no se equivoca. Sentirnos uno a otro, eso hicimos. Tan sólo el diálogo silencioso e intenso de la piel nos anudó la noche entera. De palabras ni hablar, vehículo de  equívocos sentidos.  Al final, no sé cuál de los dos lo dijo: Sólo falta, para la perfección, morir ahora mismo. Nos ahorraríamos el despertar de este sueño de felicidad. Y nos quedamos mudos, rumiando  ese momento que le daría sentido al resto de nuestros días. Nudo de felicidad que se desató a la luz del amanecer y para siempre. El impetuoso río del tiempo no dio espera.

Al despedirme me asaltó de nuevo el escrúpulo de no haberle dicho toda la verdad y, a punto de caer en el sentimentalismo, me sentí tentado de insinuarle un intercambio de  direcciones y teléfonos. Menos mal desistí a tiempo. Porque tras el beso de adiós, una mirada intrigante y una distensión sutil de los labios, dijo:

—Si te llamas Carlos o no, ya no importa. Adiós, desconocido. Te pensaré siempre.

 

 

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