EXTRAÑA MUERTE EN EL TRASMILENIO / Cuento

EXTRAÑA MUERTE EN EL TRASMILENIO / Cuento

Foto / Pixabay

Al amanecer de aquel domingo, Prudencio Ayala se sintió llevado de todos los diablos. El dolor de cabeza amenazaba rajarle el cráneo. A duras penas creía recordar que la noche anterior había estado bebiendo hasta caer redondo en algún bar de mala muerte. Que alguien, algún amigo o conocido, lo había traído hasta su apartamento, era la única manera de explicarse el haber despertado en el sofá, ya después del mediodía. A las punzadas en la cabeza se sumó la congoja que le encogía el corazón. Había estado tomando para olvidar, en vano, pues justo la víspera del aniversario de bodas, lo había dejado Alba Marina.

En algún recoveco solía guardar unos pesos para salir de apuros. Y se dio a buscarlos pero no sabía dónde los había escondido. En el bolsillo encontró algo de dinero y salió a la calle a buscar con qué calmar el hambre. En un escaparate compró el periódico, entró a una cafetería y se hizo servir un parco desayuno. Le echó una ojeada a los titulares de la primera página, buscó luego su columna y no la encontró. Una punzada brutal le hendió el bajo vientre al acordarse de que lo habían echado del trabajo. Y lleno de despecho tiró el periódico a un lado.

—¡Señor, señor! Se le olvida el periódico —le dijo el mozo, entregándoselo, al darle el cambio. Y sólo por no desairar el gesto de cortesía, lo recibió de mala gana.

Sin saber a ciencia cierta a dónde ir, buscó el paradero más cercano dispuesto a abordar el Transmilenio. Pero antes de hacerlo se acordó dónde había escondido el dinero. Volvió al apartamento y, acariciando cada uno, contó los billetes. Al terminar, se quedó mirando la fecha en el encabezado de la primera página, sin darle crédito a sus propios ojos. No era el periódico de ese domingo. Era el del día siguiente, lunes. Y pasó una tras otra todas las páginas y todas eran del día después. Con el dinero en un bolsillo y el periódico en otro, salió eufórico y lleno de presentimientos.

Media hora después estaba disputándose a codazos el turno ante la taquilla del hipódromo. Apostó la mitad del dinero a la carrera que iba a empezar y ganó. Esperó la segunda carrera, consultó el periódico, apostó todo lo que tenía y ganó de nuevo. Y así, arrebatado por una euforia de los mil demonios, apostó durante toda la tarde, acertando siempre en el caballo ganador.

Al final del día no le cabía el dinero en los bolsillos. Cuando salió del hipódromo ya había caído la noche. Compró una mochila, la llenó de billetes, pidió una botella de ron, se refrescó el gaznate con dos o tres tragos y abordó el Transmilenio atestado de gente. Un joven que al verle las canas lo juzgó viejo y cansado, le cedió el asiento. Con una mano acariciaba la mochila sobre las rodillas y con la otra tentaba la botella de ron. Iba a tomarse un trago pero por aquello del qué dirán prefirió abstenerse. ¿Por qué no llamar a Alba Marina y celebrar? Pero el celular estaba sin batería. Se acordó del periódico, qué periódico más extraño, pensó, y lleno de una irresistible curiosidad lo sacó del bolsillo de la chaqueta. Lo abrió al azar y leyó un recuadro a mitad de página. Igual que si le hubiera caído un rayo, Prudencio Ayala saltó de su asiento y exhaló un grito de desesperación.

—¡Paren! ¡Paren el bus! ¡Déjenme bajar!

A codazos trató de abrirse paso mientras gritaba de tal manera que parecía loco. Cuando el vehículo se detuvo en la siguiente estación, un par de hombres lo sacaron, lo tendieron en la plataforma y trataron de reanimarlo, en vano. Su mano izquierda seguía empuñando la mochila y de la derecha dejó caer el periódico. En un recuadro había un titular: “Extraña muerte anoche en el Transmilenio. El conocido periodista Prudencio Ayala…”.

 

 

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