VELORIO, RESURRECCIÓN Y MUERTE / Microrelato

VELORIO, RESURRECCIÓN Y MUERTE / Microrelato

Esa mañana temprano, alguien llamó y nos dijo que Carlitos había muerto. En la tarde fuimos a darles las condolencias a los acongojados padres. Los colgandejos de la fiesta de cumpleaños todavía pendían del techo. Y en el centro de la sala, el ataúd blanco tenía bordes dorados.

Cumplía apenas cuatro años —nos contaron— y la noche anterior, después de engolosinarse con todos los regalos, encaprichado por ver las estrellas a través de un catalejo que le habían regalado, había aguantado el viento helado sobre la terraza. Al entrar ya tiritaba del frío. A las nueve de la noche lo quemaba la fiebre y la neumonía se lo llevó al amanecer.

Y en la sala, en medio de un silencio sepulcral, se oyeron sollozos ahogados.

Si me lo permiten, dije, quiero despedirme del niño. Levanté la tapa y vi que Carlitos se movía: se sentó, escupió un copo de algodón, pidió agua y se desgonzó. Mientras el padre le daba a beber un vaso de agua, hubo gritos de espanto, oraciones en voz alta, jaculatorias, lágrimas y desmayos.

Atropellando, salimos para el hospital, unos con el niño, otros con la madre que se había desmayado. Acaba de morir —dijo el médico después de examinarlo— ¡Haberlo traído antes!

 

 

 

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