LAS CENIZAS DEL ABUELO / Microrelato

LAS CENIZAS DEL ABUELO / Microrelato

Después de varios meses de torturas, médicos, especialistas, enfermeras, etc., el abuelo por fin descansó. La familia acordó cremación, después de rendirle los homenajes que se merecía, sin olvidar lo concerniente a responsos, misas, etc.

Recibieron las cenizas, y para cumplir su último deseo, toda la familia fue a enterrarlas bajo el árbol que, en su finca natal, el abuelo había sembrado cuando joven.

Catalina, su nieta, estudiante de medicina, había estado muy al tanto de la evolución de la enfermedad, primero para cuidar al viejo y segundo para aprender un poco más.

Una semana después del entierro de las cenizas, Catalina se reintegró a sus prácticas en el hospital universitario. Un reducido grupo de practicantes bajaron al depósito de la morgue a realizar auscultaciones en cadáveres.

Una de las normas, a petición de las alumnas era hacerlo manteniendo la cabeza del cadáver cubierta. No querían que los ojos fijos del muerto las perturbara mientras le abrían el vientre. Y así se hizo también en esta oportunidad. Catalina estaba insertando el bisturí en un costado del cadáver. Por alguna casualidad, alguien hizo deslizar la sábana y quedó a la vista el rostro del cadáver. Catalina lo ve, suelta el bisturí, y se desmaya.

El médico y algunos estudiantes ríen. Suele suceder, dice el médico, ellas son más propensas  a esos nerviosismos. Y mientras le daban primeros auxilios a Catalina, el médico insistió en que era preciso esforzarse en superar esos melindres de niñas consentidas, porque toda su vida profesional tendrían que afrontar tales circunstancias.

Con un pañuelo impregnado de éter sobre la nariz, Catalina se recupera del desmayo. Y sacando fuerzas de donde no las tenía, les dice: No puede ser, porque sus cenizas las enterramos hace una semana, pero el que está sobre la mesa es mi abuelo.

 

 

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