EL CAJÓN DE LOS VELORIOS / Cuento

EL CAJÓN DE LOS VELORIOS / Cuento

De repente, murió. Se pasó para el lado claro. La gente muere para probar que vivió… Las personas no mueren. Quedan encantadas…

João Guimarães Rosa

 

Era eso lo que le había dado a entender el sueño, le explicó el viejo Deogracias Bucurú a Domitila, su mujer, a la hora del desayuno, mientras releía a Joao Guimaräes.

—Cómo decirte, mujer… Morir es como pasar al lado claro. No es que uno se muera. Es como, si al pasar, quedara uno bajo encantamiento. Y ya al otro lado, todo resulta claro.

Cariacontecida y apesadumbrada, la vieja dio señas de no haber entendido nada. Armado de paciencia, Deogracias le dijo que en pocas palabras, en el sueño él había muerto; y al entrar al cielo, lo recibía un coro de ángeles y era como entrar en una claridad.

En sueños, ella poco y nada creía. Eso dijo. Y pensar que se iba a quedar viuda, así de sopetón, no le cabía en la cabeza. Y no podía creerlo porque, a dios gracias, su viejo Deogracias, con todo y sus setenta y cinco años, seguía fuerte como un roble y ningún vendaval se lo iba a llevar así como así.

Pero el viejo era de otro pensar. Y esa misma tarde fue a donde Diomedes, el carpintero, escogió unas tablas de cedro por ser la madera que juzgó más resistente y le ordenó un ataúd a su medida: un metro con setenta y cinco centímetros.

Pasado un mes, que era lo acordado, el viejo fue a reclamar el encargo; pero como suele suceder con los carpinteros, el ataúd no estaba listo. Un poco preocupado, no fuera que la muerte lo tomara por sorpresa, Deogracias Bucurú insistió hasta el día en que con el cajón a cuestas, entró por la puerta de su casa donde lo recibió Domitila que sólo acertó a reprocharle su afán de morirse y dejarla sola.

—Yo, de ti, en vez de cajón aprontaría traje de luto. Porque tengo el presentimiento de que el viudo vas a ser tú.

Pasó un año y algo más, pero ni se moría él, ni se moría ella. Entre tanto, izado a media asta a las vigas del techo, el cajón colgaba en la alcoba matrimonial. Y era lo último que veían cada noche antes de quedarse dormidos.

Hasta que un día las campanas de la iglesia doblaron a muerto. Y los deudos, vecinos pobres como eran, vinieron a pedir que les prestaran el ataúd para la velación del difunto. Prestado no más —aclararon— porque no tenían con qué comprar uno. Y Deogracias lo prestó, contento de que el cajón, después de todo, iba a servir para algo. Pasado el velorio, al muerto lo enterraron envuelto en un talego y devolvieron la caja a su dueño.

 

Foto / Pixabay

 

Pasaba el tiempo, moría gente de la más variada edad, y como los deudos no tenían ni dónde caerse muertos, iban a donde Deogracias y pedían prestado el cajón para el velorio. Una vez, para dos niños que se habían ahogado en el río. Otra, cuando de alguna manera hicieron caber a Mardoqueo que era un hombrote de uno con ochenta y cinco, muerto mientras aserraba madera.

Deogracias no se perdía ninguna velación porque decía que algún día le había de tocar y mejor era ir acostumbrándose a la idea. Pero ningún Bucurú se moría. Por lo visto, le decía Domitila, parece que está de Dios que antes de morirnos, vamos a enterrar al pueblo entero.

Hasta que un día, ya cumplidos los noventa y tres años, y después de haber prestado el ataúd para el velorio de más de veinte vecinos, don Deogracias Bucurú quedó viudo. Llorando desconsolado, vio enterrar a su mujer, resignado a seguir viviendo solo y sin contar siquiera con un ataúd para el día de su muerte.

 

 

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