CONTAGIO / Cuento

CONTAGIO / Cuento

Creo que ahora tendré que pedir permiso para morir un poco. Con permiso, ¿eh? No tardo. Gracias.

Fue lo único que atiné a decir para evadir la mirada lacerante con que me acosaba a responder. Si por lo menos hubiera podido enterarme de lo que me concierne a mí no más, antes que a ella, pronta como siempre a abrir mis cartas, la muy fisgona. Hubiera podido contar con tiempo para asimilar el golpe a solas. Pero así, filtrada por su impertinencia, la noticia se me atoraba en el ánimo.

“¡Vaya, vaya! Con que esas tenemos”. Fue todo lo que dijo. Pero tras un largo silencio se derramó en sarcasmos: “Mira por dónde la vida viene a sacarte de tu acariciada comodidad. La porción que te corresponde en el amargo banquete que muchos nos vemos obligados a tragar casi a diario. Tu ración de dolor, incertidumbre y angustia. Lo que te hacía falta para comprender que la existencia no es el camino de rosas del que hasta ahora presumías. El campanazo que te saca del ensueño de indolencia en que te distanciabas de todo el mundo”.

Y todo ello me caía encima, apenas unas semanas después de haber llegado al único acuerdo sensato en mucho tiempo: partir cobijas. Empezaba a presentir que una ráfaga de felicidad podía entrar a raudales por mi ventana tanto tiempo cerrada. Justo cuando empezaba a saborear la dicha, es ella misma la que al abrir la carta del médico deja caer las fatídicas palabras: ¡VIH positivo!

 

 

Foto / Pixabay 

 

Y encima de todo, sus reproches venenosos: “Sibarita empedernido, disoluto e irresponsable. Recoge ahora los frutos que sembraste. Atragántate con ellos. Tú, el centro de las tertulias y las fiestas, el donjuan perdonavidas, condenado ahora, de golpe y porrazo a paria, peligroso, intocable”.

Aunque días más tarde decía condolerse, la desdecía su mirada rasgada por una siniestra luz de poco disimulado regocijo, ansiosa por vengarse de mis infidelidades, siempre justificadas por su traiciones. Guerra de egos. Eso era y había sido el tortuoso sendero del amor en su compañía. De donde solía evadirme para deleitarme en amoríos fugaces, en encuentros furtivos, sazonados de falsas promesas. Paliativos que ni saciaban mi sed de afecto ni lograban arrancarme a las cadenas de una relación tan sádica como masoquista. En la que rivalizábamos en refinar la sevicia, a sabiendas del dolor autoinfligido. Pues aunque la convivencia nos había ido revelando los puntos débiles de cada uno y en ellos nos ensañábamos siempre que se daba la ocasión, también quedaba en cada uno la raquítica nostalgia por aquellos lejanos días en que nos habíamos amado. Intensos, fugaces e irrepetibles. Haberlos degustado y haberlos perdido nos envenenaba de rencor. Porque, claro, la culpa era de la contraparte.

Después vinieron los autorreproches. Cegado y obcecado por la oscuridad de mi rencor ya no percibía sino la satisfacción con que ella saboreaba la compensación que lo inesperado le brindaba. Solo y abandonado a mi suerte, podía prescindir de todo y podía disponer de mí mismo a mi antojo. Todo arrojado a la nada, ahora podía suicidarme. Y en un arranque de súbita sinceridad volví a donde la había dejado. Entonces, quién lo creyera, vomitó su muy guardado secreto. Mientras lloraba a mares me dijo que ella misma me había contagiado.

El golpe no podía ser más cruel. Se había propuesto matarme, pensé, anonadado, incapaz de decir una palabra. Y mientras nos mirábamos, mudos y descompuestos, derrotados, y a unos pasos de la muerte, comprendí que habíamos logrado un empate justo. Con un intenso abrazo nos perdonamos. Nos juramos recorrer el corto sendero que nos quedaba mano entre mano y salir al encuentro de la muerte que nos brindaría la liberación de nuestros atormentados espíritus.

 

 

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